28 de julio de 2009
El ser humano disfruta de lo complejo, del detalle. Ambiciona. Desde siempre, sus creaciones se nutrieron de sueños y visiones. Es inquieto, curioso, posesivo. Ha sabido transformar el NO en SI. Desarrolló para ello el sentido del placer porque sin placer no hay superación. Pero con el placer vino la duda y el vacío. El orgullo también fue necesario, había que excusarse por los actos cometidos; ahora comprendía el dolor y la culpa. Al mismo tiempo, los instintos más salvajes comenzaron a crear arte. La necesidad fue el motor. Necesidad de explicar el calor del cuerpo que no duerme, la idea que no cierra, la respuesta que no llega, la eternidad de dos caras. Y el amor, ese sentimiento ingobernable que surge sin explicación para lograr la aproximación. El amor, el cortejo.


